Si la racionalidad ya no es limitada, ¿ahora es artificial? La pregunta que me quita el sueño (spoiler alert: no traigo respuestas)

Portada del blog sobre racionalidad limitada e inteligencia artificial en la toma de decisiones

Para quienes no lo saben aún, se los confieso: soy una millennial pura y dura, de libro de texto, já. Por lo mismo, se supone que vengo entrenada de fábrica para sobrevivir a cualquier revolución tecnológica. Para muestra basta un botón. Pasé de la monografía de la papelería a la enciclopedia en papel y al CD de la Encarta. De ahí al buscador de Yahoo!, luego al bendito Google, y ahora tiendo a preguntarle las cosas directamente a Claude. Imaginen. De chica, en mi casa, conectarme a la red incluía todos los ruiditos del mundo, y cancelaba la línea fija. Vi nacer internet, el smartphone, los objetos inteligentes, el internet de las cosas. Sobreviví a todas.

Y aun así, tengo otra confesión: la inteligencia artificial está acabando con mis nervios.

No es solo la velocidad; también es indescriptible. Siento que cada semana aparece una herramienta nueva que debería estar usando. Un modelo nuevo que cambió las reglas llega con una conversación en la que ya voy tarde. Esa ansiedad la conozco y, más o menos, la administro. Pero una nueva idea ha venido a instalarse en mi cabeza. Y es capaz de quitarme el sueño. Llegó, como llegan casi siempre las buenas inquietudes, en una conversación.

Persona haciendo malabares con íconos de tecnología e ideas, representando la sobrecarga de decidir en la era de la inteligencia artificial"

Dos palabras que se quedaron clavadas

Hace unos días, estuve en una charla que dio Julián Rincón, cabeza del equipo de Behavioral Economics en BBVA España. Lo conocí antes, cuando dirigía el mismo equipo pero en México, y siempre me ha parecido un tipo brillante. Escucharlo es maravillarse y esta ocasión también me dejó boquiabierta. Dijo dos palabras y me noqueó: racionalidad artificial.

Se me quedaron clavadas, y no por capricho de vocabulario —aunque también, ya ven que soy ñoña de las palabras—. Se me clavaron porque tocan exactamente el suelo donde he construido mi vida profesional. Como saben, y si no saben, les cuento, yo me dedico al lenguaje para el cambio de comportamiento: a diseñar qué información y cómo se transmite a una persona para que entienda, decida y actúe en su beneficio. Y toda esa disciplina descansa sobre un supuesto acerca de cómo es esa persona que decide —con más precisión: cómo piensa (o no piensa) cuando decide—. Si ese supuesto se mueve, se mueve el piso entero. 

Déjame explicar por qué, entonces, se movió mi piso. Para eso, les comparto el inicio de un viaje en el mundo de las ideas que ya tenía parcialmente recorrido. 

Las dos estaciones que hoy quedan atrás

Durante mucho tiempo, la economía y buena parte de la teoría de la comunicación dieron por hecho algo que hoy suena casi tierno —hasta ingenuo—: que las personas somos criaturas de racionalidad absoluta. El famoso homo economicus de los clásicos: un ser que tiene toda la información, la procesa sin error, no se cansa, no se deja llevar por la emoción y siempre elige lo que más le conviene. Siempre maximiza sus beneficios. Una calculadora con patas, pues.

Dos personas conversando con pensamientos conectados, ilustrando una charla sobre racionalidad artificial"

De la calculadora con patas a la racionalidad limitada

Cualquiera que haya trabajado con seres humanos reales sabe que eso es una fantasía. Y hace ya varias décadas, la ciencia lo confirmó e inauguró la segunda estación. Herbert Simon primero, con su idea de racionalidad limitada: decidimos con la información que alcanzamos a reunir, con el tiempo que tenemos, con la capacidad mental que nos da para procesar —no con una perfección imposible y absoluta—. Y después Kahneman y Tversky, genios, que llenaron de detalle ese mapa: decidimos con atajos, con sesgos, con dos sistemas de pensamiento que se pelean, uno rápido e intuitivo y otro lento y deliberado. Luego también Thaler, también genio, esbozó qué hacer con eso —cómo diseñar la comunicación, la opción por defecto, el contexto para que la persona decida mejor—.

Ahí es donde vive mi trabajo, la base sobre la que se construye. Es donde vive toda la economía del comportamiento, los equipos y unidades de BeSci del mundo, la arquitectura de las decisiones, los famosos nudges o empujones. Nosotros, los que hacemos esto, sabemos que no hay que diseñar comunicación para Sheldon Coopers o Dr. Spocks. Diseñamos para personas reales: que se distraen, que se abruman, que entienden mejor en imagen que en texto, que deciden con las tripas y luego sienten culpa o miedo o felicidad. Aceptar que la capacidad de una persona para razonar es limitada no fue un acto de magia: fue el principio de humildad y reflexión que nos puso en el lugar de poder ayudarla de verdad.

Muchos ya recorrimos ese camino; muchos más están en tránsito y ya bosquejan en su mente a esa persona en el centro de sus intervenciones. Y creíamos que ahí terminaba el camino en ese sentido. 

La tercera estación (la urgencia de echarme un clavado)

La charla de Julián me dejó tan intrigada que hice lo que hago siempre que algo no me deja en paz: me metí a buscar, a leer, a preguntar. Quería saber si “racionalidad artificial” era un juego de palabras muy ingenioso y pesadillezco o si había algo más debajo.

Y resulta que no estoy sola en la inquietud. Encontré que en el mundo académico ya hay quien habla, con todas sus letras, del fin de la racionalidad limitada. Muy apocalíptico, muy huxleyano, pero muy real también. Hay un artículo de 2024 —Shick, Johnson y Fan, en Development and Learning in Organizations— que se pregunta de frente si la inteligencia artificial le permitirá a las organizaciones pasar de decisiones de racionalidad limitada a decisiones plenamente racionales. ¿Se imaginan? Su apuesta es optimista: la IA reúne toda la información, la ordena, la analiza, ofrece alternativas —y así cierra la brecha que Simon había declarado infranqueable—.

Ilustración de una cabeza de la que se desenreda un hilo de ideas, representando cómo la racionalidad limitada se vuelve flexible con la inteligencia artificial

Racionalidad de límites flexibles

Buscando, encontré también un término que me voló la cabeza: racionalidad de límites flexibles. La propone Tshilidzi Marwala, y la idea es preciosa en su sencillez: los límites que Simon creía fijos —la información incompleta, la memoria frágil, la poca capacidad de cálculo— ya no son fijos. La tecnología los puede mover. La información que faltaba, la completa una máquina. La memoria que no alcanza, puedo tenerla en el circuito. El cálculo que no logro hacer, lo delego al agente de la IA. Y entonces la racionalidad limitada no desaparece: se vuelve elástica. Sus fronteras se estiran. Imaginarlo sigue poniéndome la piel de gallina. 

Ahí estaba: no era un juego de palabras. Era una conversación que ya había empezado, y a la que yo llegaba tarde y con el corazón acelerado.

Sumo una pregunta a todas las de ellos

Y sin embargo, cuanto más leía, más claro tenía que la pregunta que a mí me quita el sueño no es exactamente la que se hacen ellos. Suma. Complementa. Estira más —para seguir con la metáfora de la liga—.

Las preguntas que encontré miran hacia arriba: hacia el directivo, el líder, la organización que decide. Y la mira con optimismo: ¿nos hará la IA más racionales, mejores para decidir? Es una pregunta sobre la calidad de la decisión organizacional.

Mi pregunta: no cómo decide la empresa, sino en quién se convierte la persona

La mía apunta a otro lado, y —quien me conoce, seguro lo intuía— sin ese optimismo. A mí no me desvela cómo decide la empresa. Me desvela cómo está cambiando la persona —esa persona de a pie que está en el centro de todo lo que diseñamos, de lo que diseñan nuestros clientes—. No el que preside el consejo directivo: el que recibe un correo, el que lee un instructivo, el que ayudamos a entender un trámite, un derecho, una decisión de salud, una norma, un plan de ahorro para el retiro.

Esa persona está cambiando la forma en que percibe, atiende y procesa la información. Y aunque no descarto por completo el optimismo, me parece que una dosis de cautela es necesaria.

Porque veo otras señales, incómodas, que me empujan a dudar. Veo estudios que muestran que delegar el pensamiento a una máquina, de forma repetida, atrofia nuestra propia capacidad de pensar —lo que los investigadores llaman descargo cognitivo—. Externalizar la memoria y el criterio conlleva un costo para nuestra propia potencia mental. Veo la posibilidad de que la IA venga a acrecentar nuestros sesgos, pero también sumar algunos nuevos —sesgos de máquina, esos que todavía no tienen nombre siquiera—.

Así que mi versión de la pregunta es más antropológica que optimista: no es recidivemos mejor?, sino ¿en quién se está convirtiendo la persona que usa la información que intervenimos?

Las preguntas que traigo en el carro

Y aquí es donde tengo que hacer mi última confesión: no traigo respuestas conmigo. Traigo un carro lleno de preguntas, y las descargo aquí por si alguien más las quiere cargar conmigo, ponerle otras, pintar respuestas posibles.

Si la persona que está en el centro de nuestros diseños ya no procesa la información como lo hacía hace algunos años, ¿nuestros métodos de diseño siguen vigentes? ¿Seguimos diseñando para la persona que describió Kahneman, o para una nueva que todavía no terminamos de entender?

Cuando le escribimos a alguien que va a “consultarlo con su IA” antes de decidir, ¿a quién le estamos hablando en realidad? ¿A la persona, o a la persona más su máquina? ¿Diseñamos el mensaje para la mente humana, o para el algoritmo que hoy la alimenta?

¿El lenguaje claro importa más o menos cuando hay un intermediario artificial entre nuestro mensaje y la comprensión de las y los humanos? Mi intuición dice que más —que cuanto más participa la máquina, más necesitamos que la persona conserve la capacidad de entender por sí misma y, claro, de decidir por sí sola—. ¿Será?

Una última pregunta para rematar el cóctel: si delegar el pensamiento nos vuelve menos capaces de pensar, ¿parte de nuestro trabajo —el de quienes diseñamos información y cómo comunicarla— es, de ahora en adelante, no solo hacer las cosas más fáciles de entender, sino ayudar a que la gente no pierda la capacidad de entenderlas?

Sin final, ni feliz ni de otra clase

No tengo el final de este texto, porque no tengo el final de esta idea. Es una conversación abierta. 

Lo que sé es que quienes trabajamos con personas que actúan y deciden —es decir, todas las organizaciones del mundo— tendríamos que hacernos estas preguntas, nos guste o no. El sujeto de nuestro trabajo muta y evoluciona frente a nosotros. Muy como Neo, frente a las dos píldoras de Matrix, podemos fingir que no pasa nada o podemos empezar a mirar el cambio a la cara.

Yo elijo esa píldora, con toda la ansiedad y las inquietudes y las redefiniciones del mundo que conlleva. Vengo con un carro lleno de preguntas y con las ganas de pensarlas en voz alta, con otros. Quiero observar este cambio a la cara, ver cómo sucede, anclarme en los hallazgos que hagamos juntos, colegas, y empezar a diseñar para la nueva persona, la persona con la racionalidad de liga. 

Así que aquí mis preguntas. Y cierro con una última, medio en broma, medio muy en serio, que resume el vértigo de todo esto: ahora que termino de escribir, ¿hago check-out al carrito que trae estas dudas dentro… o le pregunto a Claude si me falta algo más?

Persona sentada, pensativa, reflexionando bajo una nube de dudas sobre cómo la inteligencia artificial cambia la toma de decisiones

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